Si alguien nos preguntase por qué posponemos las cosas que tenemos que hacer, esto, es por qué procrastinamos, seguramente responderíamos “por pereza” o “porque soy vaga/o”. ¿Pero qué hay detrás de esa afirmación? Si bien, son las respuestas más extendidas, parece que la procrastinación no es solo una cuestión de pereza. La psicología nos dice que este comportamiento tiene mucho más que ver con nuestras emociones que con nuestra falta de motivación.
Procrastinación: más allá de la pereza
La palabra «procrastinación» viene del latín procrastināre, que significa «posponer hasta mañana». A lo largo de los años, se ha explicado como un problema de gestión del tiempo o incluso como un rasgo de personalidad (como si fuéramos unos «vagos»). Pero en realidad, estudios recientes apuntan a que la procrastinación está más relacionada con cómo gestionamos nuestras emociones que con nuestra capacidad para organizar el tiempo.
De hecho, muchos psicólogos sugieren que la procrastinación podría tener raíces en experiencias emocionales de la infancia, como el miedo al fracaso o la necesidad de proteger la autoestima. Y cuando postergamos algo, lo que estamos haciendo es evitar las emociones desagradables que esa tarea nos genera: ansiedad, inseguridad, estrés o incluso aburrimiento.
¿Por qué procrastinamos? Un problema emocional, no solo de organización
En 2013, los psicólogos Pychyl y Sirois explicaron que la procrastinación podría entenderse como una forma de priorizar «sentirse mejor en el corto plazo» sobre lograr los objetivos a largo plazo. Dicho de otra forma, cuando procrastinamos, estamos buscando un alivio inmediato para esas emociones negativas que nos provoca la tarea. Y lo conseguimos, por un tiempo. Pero este alivio es solo temporal y, al final, nos enfrenta a una montaña de estrés cuando nos damos cuenta de que seguimos sin hacer lo que teníamos que hacer.
La razón de por qué procrastinamos depende de la tarea en cuestión. A veces, simplemente es algo que nos resulta desagradable (como hacer una limpieza profunda o preparar una presentación aburrida). Pero otras veces, lo que nos impide actuar son sentimientos más profundos, como la falta de confianza en nosotros mismos, el miedo al fracaso o la ansiedad. Cuando enfrentamos estas emociones, es fácil caer en la tentación de postergar la tarea, buscando consuelo en actividades más fáciles o agradables, como revisar las redes sociales o limpiar la casa.
Otro estudio realizado en 2018 por científicos alemanes encontró que la procrastinación podría estar relacionada con ciertas características cerebrales. Al escanear los cerebros de 264 personas, los investigadores descubrieron que las personas que tienden a procrastinar tienen una amígdala más grande. Esta área del cerebro está relacionada con las emociones y la motivación, lo que además sugiere que las personas con mayor actividad en esta zona son más propensas a evitar tareas que les generan malestar emocional.
El impacto a largo plazo de procrastinar
Lo peor de procrastinar es que, aunque al principio te da un alivio momentáneo, este comportamiento tiende a reforzarse. ¿Por qué? Porque el cerebro se siente «premiado» al evitar las emociones desagradables, lo que nos hace más propensos a repetirlo en el futuro. Es como un círculo vicioso: la procrastinación nos da alivio en el corto plazo, pero a largo plazo aumenta el estrés y la culpa, creando un hábito difícil de romper.
A largo plazo, procrastinar puede tener consecuencias serias para nuestra salud mental. El estrés crónico, la ansiedad y la culpa se vuelven compañeros constantes de quienes procrastinan. En lugar de reducir la ansiedad, procrastinar en realidad la aumenta, ya que las tareas pendientes se acumulan y nos sentimos cada vez más abrumados.
¿Cómo dejar de procrastinar?
La buena noticia es que la procrastinación no tiene que ser un comportamiento crónico. Para romper este ciclo, es importante aprender a gestionar nuestras emociones de forma más saludable. La psicoterapia puede ser una gran aliada para entender las causas emocionales detrás de la procrastinación y trabajar en ellas. Y, por supuesto, establecer metas pequeñas y alcanzables es clave para evitar sentirnos abrumadas y comenzar a tomar acción.
En resumen, la procrastinación no es solo una cuestión de no saber gestionar el tiempo; es un comportamiento emocional que tiene mucho que ver con cómo lidiamos con el malestar. Al comprender sus raíces emocionales, podemos aprender a superarla y mejorar nuestro bienestar y, en consecuencia, poder ser más productivas/os.


