Perder a alguien a quien queremos no solo duele: a veces nos descoloca por completo. Aunque el duelo es un proceso natural que forma parte de la vida, a veces se complica más de lo habitual. En lugar de transformarse con el tiempo, el dolor se vuelve crónico, muy intenso o incluso insoportable. A esto se le conoce como duelo complicado.
¿Qué lo diferencia de un duelo “normal”?
Sentir tristeza, confusión, enfado o incluso alivio después de una pérdida es absolutamente normal. Cada persona transita el duelo a su ritmo. Sin embargo, hablamos de duelo complicado cuando ese proceso se prolonga demasiado o interfiere significativamente en la vida cotidiana. La herida emocional no cicatriza, y la persona siente que no puede seguir adelante.
Algunas señales de duelo complicado pueden ser:
- Dolor emocional muy intenso que no disminuye con el paso del tiempo.
- Dificultad para aceptar la pérdida o sensación constante de incredulidad.
- Evitación persistente de todo lo relacionado con la persona fallecida.
- Aislamiento social o pérdida de interés por la vida.
- Sentimientos de culpa desproporcionados o autorreproches.
- Pensamientos frecuentes de que la vida ya no tiene sentido.
Estos síntomas no significan que algo esté “mal” contigo. Significan que la pérdida ha tocado una parte muy profunda, y que quizá necesites acompañamiento para poder elaborarla.
¿Por qué se complica el duelo?
El duelo complicado no depende solo de la pérdida en sí, sino también del contexto, de la relación con la persona fallecida, del momento vital y de los recursos emocionales que tengamos disponibles. Hay ciertos factores que pueden hacerlo más probable. Por ejemplo, el tipo de vínculo que tuviésemos con esa persona, si era especialmente fuerte, pero también si se trata de una persona de la que dependíamos emocionalmente incluso si la relación era «complicada». Algunas personas se pueden extrañar al sentir la pérdida de forma más intensa de lo que esperaban porque la relación era mala. Por ejemplo, en caso de hermanos que llevan tiempo sin hablarse. La emoción puede ser muy intensa y al ser una relación conflictiva y de muchos años pueden darse muchos sentimientos de culpa.
El duelo también tiende a complicarse cuando es difícil de entender. Por ejemplo, ante el fallecimiento de una persona muy joven o cuando se da de forma repentina o traumática (por ejemplo, la persona fallece delante nuestra, en un accidente muy desagradable o es víctima de algún tipo de violencia). Un duelo especialmente complicado en este sentido es el de la muerte de un hijo. El hecho de que no siga «el curso natural» en el que los padres fallecen primero y la edad del fallecido, desapareciendo todas las expectativas puestas que había sobre su futuro, genera mucho más sufrimiento. Aquí además, hay que lidiar con ese futuro que ya no será posible, no solo con el fallecido, como es habitual, sino de él en su vida por sí solo. Además, es muy fácil que se den sentimientos de culpa de forma más intensa, pues el rol respecto a nuestros hijos siempre es el de cuidar y proteger. Esto nos puede hacer caer en la creencia de que hemos fallado en ese cometido (cuando en muchos casos hubiese sido imposible evitarlo). Todos estos duelos pueden generar mucha ira por la percepción de injusticia de la situación, lo que también nos puede atrapar en la negación e impedir que el proceso avance.
Cuando las pérdidas son repentinas, como en el caso de los accidentes, o cuando no hablábamos con la persona fallecida y la situación hace que no nos podamos despedir también puede suponer un factor de riesgo.
Tener un historial de trastornos mentales o dificultades emocionales puede llevar también al duelo complicado. Por ejemplo, vivir con una depresión con la que llevamos años o haber sufrido episodios varias veces en el pasado nos hace más vulnerables a que otras dificultades emocionales se compliquen. Trastornos mentales que son crónicos como la esquizofrenia u otros trastornos psicóticos también pueden complicar el duelo por los mismos motivos.
Sentirse en soledad o sin apoyos durante el proceso puede hacer que afrontarlo se vuelva más difícil. Cuando el estado de ánimo es bajo y estamos conectadas/os a la tristeza es más fácil que los pensamientos que lo rodean sean más pesimistas y la visión el futuro más desesperanzadora. Tener una buena red puede amortiguar los sentimientos relacionados con la pérdida, del mismo modo que no tenerla puede generar el efecto contrario. Es más, un estudio publicado por la Revista de psicología de la UNED en el contexto de la pandemia de COVID-19 respalda esta idea y describe el papel que tiene la soledad percibida en la prolongación del duelo. Sentirse sola/o en lo que se vive no solo amplifica el sufrimiento, sino que puede dificultar su elaboración.
¿Cómo ayuda la psicoterapia?
La psicoterapia no borra el dolor, pero ofrece un espacio seguro para sostenerlo y transformarlo. En casos de duelo complicado, puede ser clave para:
- Validar lo que se está sintiendo sin juzgar.
- Comprender por qué el proceso se ha bloqueado.
- Conectar con emociones que han quedado congeladas.
- Encontrar nuevas formas de vincularse con la persona ausente.
- Recuperar sentido y conexión con la propia vida.
No se trata de “olvidar” ni de dejar de sentir, sino de poder recolocar la pérdida de una forma que permita seguir adelante con menos peso y más libertad.
Un proceso que merece cuidado
Cada duelo es único. No hay una “receta” para pasar página ni un calendario que sirva para todas las personas. Pero si sientes que tu dolor no te deja vivir con cierta calma o que ha pasado mucho tiempo y sigues en un mismo punto, quizá sea momento de pedir ayuda. En mi consulta, trabajo con personas que están atravesando este tipo de procesos. Si consideras que necesitas acompañamiento para transitar tu duelo puedes reservar una primera cita gratuita.


