¿Son todas las emociones desagradables malas? El camino hacia la gestión emocional.

scheme of handshaking and distancing in psychology and the science of body

Una demanda que nos encontramos a menudo las psicólogas en consulta es la de “no sentir”. “No quiero estar triste”, “no quiero sentir ansiedad” o “no quiero que nada me afecte”, y un largo etcétera. Es lógico que una no quiera experimentar emociones desagradables como estas, pero también lo es que la evitación, por sí sola, no solo no ayuda, sino que termina agravando el problema. Paradójicamente, esforzarnos en no sentirnos de una determinada manera es como tratar de mantener un balón bajo el agua: cuanto más lo presionamos, con más fuerza tiende a salir a la superficie. Las emociones están ahí por algo y van a volver a visitarnos mientras no les demos el espacio adecuado y aprendamos a gestionarlas.

¿Cómo gestionamos nuestras emociones?

El primer paso en la gestión emocional es darles espacio y aprender a escucharlas. Las emociones son señales que nos indican qué está sucediendo en nuestro interior. ¿Qué significan? ¿Qué intentan comunicarnos? En el marco de la psicoterapia trabajamos en entenderlas con curiosidad y con cariño, y tratamos de atender a sus demandas en la medida de lo posible. Vamos a tratar de entender esto pensando en algunas emociones básicas: ira, miedo, tristeza, alegría y asco. Sí, como las de la película.

Por ejemplo, la ira es una emoción que nos impulsa a establecer límites o a enfrentar situaciones que percibimos como injustas. Imaginemos esta situación: un amigo llega tarde cuando habíamos quedado. Nos hace esperar bastante rato y, encima, cuando aparece no parece ser consciente de lo ocurrido, no se disculpa ni hace ningún comentario. Optamos por no decir nada porque queremos evitar un conflicto. Pero, al evitarlo, creamos un conflicto interno: nos sentimos mal, enfadadas, decepcionadas o incluso despreciadas. Ignorar la emoción no la hace desaparecer; al contrario, permanece en nuestro cuerpo y mente como tensión acumulada.

¿Qué ocurre si atendemos esa emoción? Si nos permitimos sentirla, identificarla en nuestro cuerpo y respirarla, ya habremos dado un paso hacia la gestión emocional. Lo ideal sería, además, comunicarlo. Decirle al amigo cómo nos hemos sentido parece la mejor opción, especialmente teniendo en cuenta el tipo de relación. Si no lo hacemos y situaciones similares se repiten, esa ira irá acumulándose, y lo más probable es que, cuando finalmente salga, lo haga de manera poco asertiva o incluso agresiva. Lo más sano, entonces, parece ser hablarlo en una de esas primeras veces. Pero esto no siempre nos atrevemos a hacerlo o no es la mejor opción en todas las situaciones. Ahora, si es nuestro amigo, lo lógico sería poder decirle lo que nos incomoda. ¿no?

Las emociones no vienen solas

A menudo las emociones están conectadas entre sí. Por ejemplo, la ansiedad y la tristeza suelen ir de la mano. Una persona con ansiedad puede sentir que su vida se va limitando poco a poco porque evita situaciones que le generan miedo. Esto le lleva a renunciar a actividades que antes disfrutaba, lo cual le provoca tristeza. Esa tristeza, a su vez, afecta a su autoestima, alimentando el ciclo: cuanto más ansiosa se siente, más se entristece, y cuanto más triste está, más aumenta su ansiedad.

El miedo, por su parte, puede paralizarnos, haciéndonos querer a toda costa no sentirlo (normal). En otros casos, nos lleva a huir o a reaccionar de manera violenta. Por ejemplo, si nos dejamos llevar por la ira, podríamos terminar gritando sin control, algo tan poco útil como ignorarla por completo. ¿Qué hacemos entonces con el miedo? Lo primero es parar y mirarlo con curiosidad: ¿Dónde lo siento en mi cuerpo?, ¿esto lo he sentido antes?, ¿Qué “titulares” van a apareciendo? Respirar despacio puede ayudarnos a encontrar un poco de calma y, desde ahí, preguntarnos: ¿es realista lo que pienso?, ¿estoy conectando esto con algo más profundo? Por ejemplo: “no puedo”, “soy inútil”, “no valgo para nada”. Después, podemos reconfigurar un poco alguno de estos titulares: “es difícil, pero hay cosas que sí puedo hacer, otras veces me ha funcionado x”, “esto me hace sentirme mal conmigo, pero no es mi culpa sentirme así”, “ahora no puedo hacerlo como me gustaría, pero poco a poco podré ir gestionándolo mejor”.

El autoconocimiento como clave para la gestión emocional

En toda nuestra vivencia emocional influyen nuestra historia de vida, las experiencias tempranas y no tan tempranas, nuestro sistema de apego y un sinfín de circunstancias. Por eso, darle sentido a lo que sentimos es clave para que nuestro sistema emocional funcione bien. Conocerse es un arte y también un camino para mejorar nuestra salud mental y sentirnos en paz con nosotras mismas. Y como con todos los caminos, cada paso nos lleva un poco más cerca de la meta. Incluso los primeros pasos, aunque pequeños, ya nos acercan más que quedarnos en el mismo lugar.

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